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El evangelio según Nicolás 20:19

¡Ahora adepto al evangelio! Cuando uno cree que ya el gobierno venezolano no da para más y que Nicolás Maduro ha superado todas las barreras de la sorpresa, aparece una nueva situación que deja locos a los analistas más pintados. No en vano esta página se llama Manicomio Nacional.

La más reciente “movida de piso” que lanza Maduro es el anuncio, este 5 de diciembre, de la creación de la Universidad Teológica Evangélica de Venezuela, una nueva casa de estudios de nivel superior, para la cual ha dispuesto recursos humanos, financieros, logísticos y también 70 mil hectáreas de áreas productivas.

Religión y política, una vieja simbiosis

La presencia de los grupos religiosos en la política es una práctica tan antigua, quizás, como el ejercicio del poder de manera organizada; vale decir, como la aparición de los primeros Estados.

La religión, fuese cual fuere, acompañaba a los guerreros y a los líderes de las naciones. En los casos más extremos, se consideraba dioses (o hijos de ellos) a los gobernantes. Los faraones, los señores incas y los reyes son, de acuerdo con la costumbre, los descendientes de sus respectivos dioses.

En los países musulmanes el Estado rara vez es laico y por consiguiente hay una fuerte injerencia de los representantes del Islam en las políticas nacionales, mientras que en muchos países cristianos aún se conserva la figura de Reino (España, Gran Bretaña, Países Bajos, Suecia, etc), originalmente dada con la venia papal.

En el siglo XVIII un evento viene a sacudir esta relación, mediante el alzamiento popular que iba a derivar en la Revolución Francesa y que instalaría la primera república (res = cosa / república = cosa pública) de la historia. De modo que por primera vez desde el tiempo de los antiguos griegos, se concibe al Estado como un asunto que concierne al pueblo.

De ahí surgen multitud de movimientos democráticos y de allí que la Revolución Francesa sea un evento fundamental para la historia de toda la humanidad: se inaugura el estado laico.

Pero volvamos a nuestro Siglo XXI y a Latinoamérica. Durante la primera década de este Siglo, el continente vivió una ola de rebeldía e intentos revolucionarios. Los gobiernos se separaron claramente del influjo de las iglesias dominantes; es decir, de la Iglesia Católica y de las distintas vertientes de la Iglesia Protestante, entre las dedicadas al evangelio.

El Evangelio no llegaba al 1%

La participación directa de los evangélicos en la política venezolana tampoco es nueva. En 1987 aparece el partido político Organización Renovadora Auténtica (ORA), la primera tolda electoral evangélica del país.

ORA nunca logró resultados de importancia: el 0,87% de los votos en 1988, y luego, divididos entre la candidatura de Claudio Fermín y la de Alfaro Ucero, llegaron al 0,11%. Sin embargo, tuvieron un escaño en la cámara de diputados del extinto Congreso de la República. En 1998, ORA desapareció como partido político.

Pasarían 20 años para que reapareciese una fuerza política abiertamente evangélica en Venezuela, y se trató del pastor Javier Bertucci, quien se lanzó a la contienda política, obteniendo el tercer lugar en las elecciones presidenciales de 2018, con casi un millón de votos, para el 10% del total de votos.

Si bien es cierto que la polarización tradicional de las elecciones venezolanas se había roto dado que la oposición había decidido no presentarse a esa cita, dejando su espacio a otras opciones, no se puede soslayar la realidad: los evangélicos decuplicaron su votación histórica en presidenciales y se convirtieron en un interlocutor al qué prestar atención.

Para quienes en 2019 pusieron esperanzas en Juan Guaidó y su planteamiento alrededor de la ayuda humanitaria para Venezuela, vale la pena recordar que Bertucci ya había prometido la apertura de un canal de ayuda humanitaria para Venezuela.

El repunte del Evangelio en Latinoamérica

En la segunda década del Siglo XXI los países en los que hubo gobiernos de vocación revolucionaria ven, paralelamente a la caída de la izquierda, un resurgimiento de las iglesias evangélicas, aunque no exentas del rechazo por parte de un grupo de la sociedad que las percibe como sectas dedicadas al lucro mediante el aprovechamiento de la fe de los incautos.

Un buen ejemplo es la enorme y archiconocida Iglesia Universal, con sede principal en Brasil, cuyo slogan “pare de sufrir” ha formado parte de chistes y memes, pero cuya inversión publicitaria le garantizó una expansión tremenda.

En la dinámica de flujo y contraflujo entre la izquierda y la derecha del continente, poco a poco las iglesias evangélicas han logrado cooptar a parte de la población para sus propios intereses, logrando así influir de manera determinante en la política del continente.

Esto comenzó a llamar la atención sobre todo en los últimos años. La BBC señala en un interesante texto que en Latinoamérica, en 1970, sólo el 4% de la población se declaraba seguidora del evangelio, mientras que en 2018 ya llegaban a 19%. Los resultados de Guatemala, en donde el presidente es un pastor evangélico, dieron la campanada. Pero hay más.

En Colombia el sector evangélico se movilizó por el NO, opción que finalmente ganó en el referendum por la paz en ese país, y también apoyó a Iván Duque, hoy presidente, en su campaña electoral. ¿Acaso los votos teledirigidos desde el evangelio hicieron la diferencia?

Lo mismo cabe preguntarse en el caso de Brasil, hoy gobernado por Jair Bolsonaro, un fanático de ultraderecha y claramente apoyado por la antes mencionada Iglesia Universal. En cada país el porcentaje es distinto, pero vale la pena señalar que Brasil es, después de EEUU, el país con mayor cantidad de cristianos adeptos al evangelio.

Con un discurso tan agresivo contra los homosexuales, los campesinos, los obreros y en fin, toda una gama de la izquierda que había dominado el panorama hasta el impeachment de Dilma Roussef, Bolsonaro sólo podía ganar las elecciones mediante la intervención “divina”.

Por otra parte, las iglesias evangélicas siguen un mismo patrón en todo el continente, de modo que no debería sorprendernos que en los próximos años sigan ganando elecciones… o apoyando golpes de Estado.

Evangelio ¿aliado o enemigo?


Nicolás Maduro no es idiota. Aunque su discurso y su presencia torpe den la impresión de que estamos ante un “bobolongo”, la verdad es que todos los procesos de izquierda en el continente han sucumbido de una u otra manera, y sólo en Argentina ha logrado resurgir, tras un ciclo en que Mauricio Macri propició un verdadero desastre económico.

En el caso más reciente, la forzosa renuncia de Evo Morales, el movimiento cristiano (no necesariamente del evangelio) tuvo un peso muy claro. La presidenta provisional enarboló la Biblia en contraposición a los símbolos indigenistas.

Hay quien afirma que la Iglesia evangélica ha estado detrás de la caída de todos estos gobiernos. Pero volvamos a Venezuela.

Tras ganar las elecciones de 2018, Maduro se consolidó para los siguientes seis años, mientras que Henry Falcón, quién quedó en segundo lugar, ha ido diluyéndose en la absurda dinámica de la misma oposición que no lo quiso acompañar en su candidatura. Bertucci sacó la mitad de votos que Falcón, pero antes era un desconocido. A pesar de haber terminado en tercer lugar, logró hacerse de un espacio político impresionante.

Desde la militancia gubernamental, Bertucci fue visto como un pastor que buscaba un espacio político, pero desde la oposición, fue calificado como un colaborador de Maduro, al “legitimar” con su presencia el proceso electoral de ese año, que a oposición consideraba inconstitucional.

Una vez sabidos los resultados, Bertucci solicitó ser recibido en Miraflores y se reunió con Maduro, lo cual reforzó las sospechas anteriores.

Los eventos recientes, en los que Maduro anunció la Universidad Teológica Evangélica y entregó los mencionados recursos al movimiento, el gobernante también planteó desarrollar “un poderoso Movimiento Cristiano Evangélico por Venezuela”.

La lectura de este conjunto es que el gobierno y los abanderados del evangelio en Venezuela están coordinados y en estrecha colaboración. Hace ya un tiempo dijo Karl Marx, el padre del comunismo, que la religión es el opio de los pueblos.