//Migración venezolana: II – Un exilio incómodo.

Migración venezolana: II – Un exilio incómodo.

El exilio en forma de destierro es una forma de desarraigo muy cruel, que fue utilizado desde la antigüedad como castigo para criminales a los que, por gracia de las autoridades, se les perdonaba la vida. Aunque los venezolanos, en rigor, no hemos sido desterrados, la mayoría emigró forzado por las circunstancias y con mucho dolor.

Antes de continuar, si no has leído la primera parte de esta serie, puedes hacerlo aquí.

Nuestro exilio es doblemente incómodo: nosotros estamos molestos por vernos forzados a abandonar nuestro país; pero además, quienes nos reciben terminan por detestarnos.

El dolor del desarraigo

Los primeros en sufrir el impacto son, por supuesto, el emigrante y sus familiares más cercanos: Los que se quedan afrontan la carencia de uno de sus afectos. La separación genera un vacío particular, similar al que se produce cuando alguien muere, pero más angustiosa, porque las partes quedan en la espera del reencuentro.

Cruelmente, suelen quedarse los más débiles: ancianos, enfermos, personas que no tienen la posibilidad de generar ingresos por su cuenta para afrontar las dificultades de la vida en el exterior. Por lo tanto, es común que en los edificios y urbanizaciones de clase media venezolana se encuentren cada vez más abandonados los padres de quienes se fueron. Al respecto recomiendo este texto del profesor Leoncio Barrios.

La madre del emigrante, escultura de Ramón Murieda

Los que salen, en cambio, son más fuertes, van a la conquista y, como dice una amiga, “llevan el cuchillo entre los dientes”; figura que ilustra muy bien el espíritu con el que se enfrenta la realidad de tener que comenzar desde cero en tierras extrañas; muchas veces sin conocer a plenitud el idioma en el lugar de destino. El migrante está dispuesto a mucho sacrificio.

Pero el exiliado sufre una enorme desventaja: en su nuevo destino no cuenta con un tejido social que le ofrezca soporte. No puede contar con la solidaridad de sus paisanos porque, en general, tendrá que esperar algún tiempo hasta que logre hacerse de una comunidad más o menos confiable. Esto es tan notorio que en 2017 un grupo español una interesante actuación a nuestra realidad.

 

El exiliado encontrará afuera manos solidarias, pero también estafadores e inescrupulosos que se aprovechan de la desgracia ajena. Además, pasará un tiempo antes de que su situación migratoria quede plenamente establecida en el país de destino. Los profesionales se encuentran con que sus títulos no se reconocen de inmediato, y es común que deban trabajar en cosas muy alejadas de su vocación.

 

Los migrantes trabajan muy duro

 

También hacen falta los colores del paisaje y las costumbres de la gente, la gastronomía, la familiaridad con la que se trata al vecino o al desconocido que se cruza en la calle. Por eso, a diferencia de los europeos que huían de la guerra, el venezolano guarda la esperanza de regresar a su terruño en un lapso relativamente breve, que suele resumirse en: “cuando caiga el dictador”. Otro elemento que introduce esperanza e incertidumbre a su situación.

Del exilio a la nada

La mayoría de los venezolanos nos hemos quedado cerca, en el vecindario. En parte por razones culturales y en parte por el enorme peso de la economía. Un viaje a España, amén de ser impracticable por tierra, es mucho más costoso que uno a Colombia, Ecuador o Perú.

Y es que regresar desde Perú es mucho más fácil que desde España (nuevamente el tema de los costos), pero ¿regresar a dónde? ¿a qué? Hay una verdad que pocos asimilan en plenitud: lo que se extraña de un país no es sólo el paisaje; también se extrañan los lugares en donde se compartía con amigos; se extraña el ambiente festivo y, la verdad, es que ni los amigos ni muchos de los lugares siguen allí. Por suerte el espíritu del Caribe hace que la sana costumbre de reír siga en pie.

Todo esto, para decir que el exiliado venezolano no tiene a dónde regresar. Incluso en el caso de que las cosas mejoren en su terruño, al regreso sólo encontraría una sombra de lo que conoció. El exiliado venezolano es un barco sin puerto o, al menos, con un puerto muy distinto al conocido.

En la entrega anterior de esta serie planteamos que los venezolanos no habíamos emigrado en 200 años de historia y eso nos hace bastante ignorantes en esa materia. Mudarse de país viene sin libro de instrucciones y sólo unos pocos conocen, por los relatos de los abuelos, cómo es eso de emigrar. Pero la mayoría no tiene ni idea, y de ahí que los “chamos”, como nos dicen en muchos lugares, seamos torpes en territorio extranjero.

¿Nuestro exilio molesta?

Entre los venezolanos, la palabra xenofobia se ha puesto de moda; debido a nuestro gran número y a la naturaleza de nuestra personalidad como colectivo, podemos ser muy incómodos para los nativos de otros países. ¡Que no nos tome por sorpresa! En comparación con ecuatorianos, peruanos y chilenos, somos ruidosos y a veces desconsiderados. Nuestra jerga incluye una familiaridad y una confianza que chocan con las distancias y formalidad con la que se tratan los andinos.

Vale la pena aclarar que no somos una masa homogénea. Algunos que tenían pasaporte europeo o se atrevieron a quemar las naves y reunir todos sus fondos se fueron a España, Italia o Portugal, en Europa; o a Canadá y EE.UU., en el continente.

Otro grupo, con menor músculo económico pero aún en la clase media, se desplazó hacia Panamá, Chile y, últimamente, Argentina. En este grupo abundan los profesionales de diversas áreas, destacándose los ingenieros, médicos y contadores. En su mayoría gente trabajadora.

El nacionalismo mal entendido hace mucho daño

Pero como la crisis afectó también las capas más pobres y a los menos educados, muchos de éstos también emigraron. En los países con sistemas de control menos exigentes, se coló un grupo de personas de mal vivir, con antecedentes penales o procesos abiertos en el sistema judicial venezolano. Muchos de ellos pasaron a pie hacia Colombia, para seguir de ahí a Ecuador y Perú.

Claro que esto tiene sus matices. Ninguna de esas mezclas es químicamente pura. A Colombia y Perú llegó gran cantidad de gente buena, así como también hay delincuentes venezolanos en Argentina o Chile. Sólo que hay diferencias porcentuales que son parte del proceso migratorio.

Entonces sí, somos molestos para algunos. En algunos lugares se quejan de que los venezolanos llevamos violencia y delincuencia, mientras que en otros plantean que desplazamos a la mano de obra local, generando desempleo. En Panamá, por ejemplo, la llegada de 250 mil venezolanos modificó las relaciones económicas del país, dado que conformamos el 10% de la población. La mayor capacidad de compra de los venezolanos elevó los precios en general, elevando la inflación. ¡Qué fallo!.

En Panamá se llegó a extremos vergonzosos

Sin embargo, también es cierto que cada uno de los gobiernos receptores ha aprovechado la oportunidad para culpar a los venezolanos de muchas de sus fallas. El exilio ajeno puede ser buen negocio para los políticos.

Ese será el tema en la tercera entrega de esta serie.