//Quemar gente como hábito
Hombre es quemado por manifestantes violentos

Quemar gente como hábito

Los más de tres meses de protestas contra el gobierno de Maduro, que se iniciaron en abril, han desatado todos los demonios de la sociedad venezolana, y se han visto en estos meses las más terribles manifestaciones de odio y terrorismo entre nuestros connacionales, incluyendo quemar gente.

El país transita por una extraña etapa en la que la oposición exige violentamente la salida del gobierno electo de Maduro, mientras que el gobierno continúa, imperturbable, su camino hacia la “constituyente”; es decir, la convocatoria a un proceso electoral para elegir a los 540 miembros de una Asamblea Nacional Constituyente, encargada de redactar una nueva constitución y refundar el Estado, reeditando lo ocurrido en 1999.

Han llegado a quemarse ellos mismos
Han llegado a quemarse ellos mismos

El caos desatado por los manifestantes violentos ha arrasado con todo lo que ha encontrado a su paso, evidenciando la incapacidad del gobierno para contenerlos sin acudir a violencia extrema. La instrucción recibida por los cuerpos de seguridad ha sido la de no disparar armas letales e intentar resguardar el órden público con bombas lacrimógenas ha probado su ineficiencia.

Así, de la protesta se pasó al vandalismo. El 10 de mayo se llamó a la Marcha de la Mierda, en la que se lanzaban frascos de excremento a los guardias nacionales y policías; y pronto se pasó del vandalismo a la acción incendiaria contra instalaciones gubernamentales y unidades del transporte público. También se reportaron casos de manifestantes que quemaron perros y gatos durante sus orgías de terrorismo.

Un salto cuántico al terror

El 20 de mayo supimos de un evento tan dantesco que, según creímos, sería capaz de hacer recapacitar a la oposición. Ese día los manifestantes dieron un salto cuántico al pasar de quemar objetos y animales a quemar personas.

El infortunado fue Orlando Figuera (foto principal), trabajador de la zona, quien pasó cerca de la manifestación para dirigirse a su hogar y fue identificado como “chavista”, razón suficiente para que lo apuñalasen y golpeasen. Mientras explicaba que él no tenía nada que ver, alguien lo roció en gasolina, y otro más le acercó un encendedor. Figuera expiró el 4 de junio.

Luego se reveló que el 18 de mayo habían quemado a Carlos Ramírez, quien logró salvarse y se recupera de graves quemaduras.

Lo cierto es que el acto terrible, condenable, execrable, de matar a otros, se ha institucionalizado como parte del saldo “normal” de las protestas.

El país se sigue quemando

Las manifestaciones violentas, los saqueos, el vandalismo y la costumbre de incinerar siguen en pie. Quien esté cerca de un “manifestante” se convierte en un blanco probable, incluso aunque viva en frente al lugar de la manifestación.

Las protestas han escalado al punto de que se ha popularizado el secuestro de camiones que transportan mercancías para usarlos como barricadas o para romper estructuras de seguridad, como se hizo recientemente en La Carlota.

Queman gente sin importarles lo más mínimo
Queman gente sin importarles lo más mínimo

El 28 de junio se registró otro evento abominable: en Maracaibo, al occidente del país, los terroristas interceptaron un camión en el que viajaban el conductor y su ayudante. Cuando el conductor, nervioso, retrocedió, atropelló a un hombre que viajaba en moto. Los terroristas lanzaron bombas molotov contra el camión y lo quemaron.

El resultado de ese evento fue la muerte del hombre que iba en la moto, así como del ayudante. El conductor logró salvar la vida pero está en el hospital, con quemaduras graves en el 95% de su cuerpo.

Linchar y quemar gente ¿un ensayo?

Hay antecedentes. La crisis venezolana, recrudecida amargamente en los últimos dos años, vio surgir de sus entrañas un fenómeno novedoso el año pasado. En 2016 apareció una figura que en principio creímos sería un hecho aislado. El linchamiento.

Aunque en Venezuela hubo casos esporádicos de linchamiento desde hace décadas, todos estos casos tenían como factor común la desesperación: generalmente se trataba de asesinos en serie o violadores de niños, y casi siempre tales linchamientos se daban en el seno de los barrios a los que no llega la ley.

2016 fue el año de los linchamientos
2016 fue el año de los linchamientos

Con la presencia de los teléfonos celulares, el linchamiento grabado y difundido en redes sociales se convirtió en símbolo de escarmiento, y pronto el fenómeno se generalizó. Hubo hasta septiembre de 2016 de 65 linchamientos a delincuentes comunes, y el año cerró con 74 casos. Es decir, más de 5 al mes, y más que en los diez años anteriores juntos. En 2015 se registraron 10 casos. Los amantes de la estadística captamos la anomalía enseguida.

 

En abril de 2016 se produce el caso de Roberto Fuentes Bernal, quien fue linchado cuando lo tomaron por un ladrón. Alguien resolvió rociarle gasolina y así acabaron con su vida. El hombre no estaba robando, sino que discutía con su esposa. La ola de linchamienos entró en pausa, pero luego fue retomada.

En algunas comunidades los vecinos, hartos del robo, colocaron en sus calles carteles con la inscripción “aquí linchamos malandros” y cosas por el estilo. El fenómeno de los carteles no es exclusivo de Venezuela; lo hemos visto en Perú y México, por lo menos, pero el salto porcentual de 740% entre 2015 y 2016 era una clara señal de alerta.

Los vecinos mostraban los dientes
Los vecinos mostraban los dientes

¿Será muy descabellado pensar que tal vez alguien estaba midiendo cuánta violencia serían capaces de provocar los pacíficos vecinos de las urbanizaciones de clase media? ¿Quizá alguien ponía un termómetro a la capacidad de asimilación del pueblo venezolano ante tales atrocidades? Todo lo que ocurre con mucha frecuencia termina por normalizarse.

Nadie apaga el fuego

Los dirigentes de oposición no se manifiestan en pos de detener las protestas y, por el contrario, muchos de ellos plantean la necesidad de “no rendirse en este momento” porque, según afirman, el gobierno está por caer.

Mientras la oposición avanza en su siembra de desorden, el gobierno levanta la bandera de la constituyente y la “vende” como la garantía y el camino hacia la paz. Nadie explica por qué razón, ni cómo habrían de detenerse las manifestaciones y la violencia cuando se instale el mecanismo constituyente.

De hecho, el gobierno sigue sin activar un plan de seguridad de mayor contundencia, como pudieran ser la declaración del estado de conmoción, la prohibición de la manifestación, y la militarización de las ciudades. No; el gobierno sigue actuando como si las manifestaciones que se dan en el país fuesen normales y no el germen cierto de una verdadera guerra civil.

Se supone que la constituyente traerá paz al país
Se supone que la constituyente traerá paz al país

 

Pero ¿pueden hacerse elecciones en un país que se declara en estado de conmoción? ¿Será esa la razón por la que se espera pasivamente la fecha de las elecciones?

Suponemos que los amplios poderes de la ANC (por encima de todos los funcionarios de elección popular, incluyendo al presidente) le permitirá declarar, finalmente, la emergencia nacional.